martes, 3 de abril de 2012

UN COMETIDO


Un crujido recorrió la sala hasta concentrar todas las miradas en la puerta. Una densa capa de humo cubría todo cuanto podía estar allí. Los callados individuos hacían que en el lugar apenas se escuchase el vuelo de una mosca. Cualquier señal de vida solo podía atribuirse al parpadeante neón de Budweiser situado detrás de la barra.


Una silueta femenina, con lo que parecía ser una katana empuñada en la mano derecha, se distinguía a contraluz en la puerta. El paso firme de unos tacones contra el suelo empezó a llamar la atención. Pero un silencioso golpeteo como aquel pasó desapercibido. Nada era en comparación con el balanceo de caderas que ahora mismo recorría la estrecha entrada del lugar. El ritmo que seguían llegaba a ser hipnotizante. Desde el principio se mecían ligadas al Recession Blues de BB King que ahora sí, empezó a retumbar en esas cuatro paredes. Los ojos se elevaban de los vasos de bourbon y cualquier partida en el billar del fondo, quedó estancada por completo.
La estrecha falda de tubo negra oscilaba lenta y serena por el oscuro bar. Llegó al final de la barra y dejó caer su pequeña cintura sobre el taburete mas alejado de la puerta. El magistral cruce de piernas reveló el muslo derecho rodeado por una liga negra que hacía volar la imaginación de cualquiera. Dejando el frío acero en la barra se colocó su rizada melena pelirroja, recogida con un pañuelo al mas puro estilo Betty Page. Repasó sus labios con el carmín que siempre llevaba a mano y, revisando sus perfectas uñas rojas, sacó la cajetilla de Lucky que llevaba en el escote. Encendiéndose un cigarro, pidió un Dry Martini con el doble de ginebra de lo normal.
Mientras sus labios memorizaban el borde de la copa, el cigarrillo creaba una nube a su alrededor. Humeante iba y venia del cenicero a su boca, consumiéndose como cada hombre que probaba las su piel.

Una extraña sensación recorrió su columna. Intuía qué iba a pasar, lo sabía. Sin embargo, cualquier preocupación era inexistente. El nerviosismo nunca fue una de sus habilidades y la serenidad y la calma eran lo único que su cuerpo conocía. Dominaba la situación.

Desde la mesa que estaba a su espalda, un descarado motero la miraba con ojos de deseo. Ajeno a todo, no tenía ni la menor idea de que acababa de pasar a ser un inoportuno participante más en el esquema de su cabeza. Él no era el único en aquella sala con quien tenía algo pendiente.

De fondo, se empezó a escuchar irónicamente Live And Let Die. Disimulando, lentamente se levantó de la silla. El erótico perfil de su cuerpo elevó algo más que las miradas que ya la observaban desde hacía rato. Con su fiel compañera  aferrada en la mano, se acercó sigilosa a la gramola situada al lado de la puerta del servicio. Allí el olor era repugnante, pero el tabaco conseguía disimularlo.

Como era de esperar, en cuanto plantó un pie en el suelo, el robusto semental caminó muy seguro hacia ella.
Apoyada, fingiendo observar la próxima melodía, percibió cómo una intensa respiración en su oreja erizaba hasta el ultimo pelo de su nuca. Un penetrante olor a Jack entró directamente en sus entrañas y pudo ver, reflejadas en el cristal que cubría la foto del Rey Lagarto, las duras facciones de aquel ansioso ser que con su cuerpo la rodeaba. Pero ella tenía un objetivo, y nada ni nadie podría entrometerse.

Al advertir su rechazo, furioso la cogió por la muñeca cometiendo el gran error de dejar volar la otra. Inocente...

En un abrir y cerrar de ojos todo quedó anegado de sangre. Los cuerpos sin vida de cuatro interrupciones inesperadas yacían en el suelo. Quién pensaría que varios sujetos saldrían en su defensa.
Un color rojo intenso cubría por completo la gramola. La mesa de billar había perdido sus bolas, ahora repartidas por el suelo, y la barra parecía bañada por una lluvia de pintura escarlata. 

Por muchos cadáveres que se interpongan, ella debe cumplir su cometido.

Se giró rápidamente buscando en el bar el único cúmulo de humo que pudiera continuar encendido. Con mucho cuidado realizó un ágil movimiento y llegó hasta la barra. Ya arriba, fue bajando poco a poco a su delgada, y ahora ensangrentada amiga, hasta dejarla paralela a sus infinitas piernas. La afilada punta cayó sobre un hielo que estalló nada más tocarlo y aun así, la próxima victima, ni se movió. Al final de la barra, a tres pasos de ella, seguía sorbo a sorbo disminuyendo el nivel de tequila del vaso. El alcohol que recorría sus venas hizo que por un movimiento involuntario de su brazo, el futuro difunto le pidiese otro doble al camarero. Pero al levantar la mirada, por su cara, debió recordar la imagen de la huida del mozo al ver el primer vuelo de la katana.

La miraba, y volvía a su vaso. Sabía lo que había y por qué estaba pasando. Sin alterarse, elevó la mirada, y cruzándose con los verdes ojos de aquella espectacular mujer pensó que no era tan cruel la vida si esa era la ultima imagen que se llevaría a la tumba.

Retomando su cometido, caminó lentamente hacia él. Parada, justo enfrente, levantó gradualmente a su fiel  amante y con un descenso rápido hizo volar la cabeza por la sala hasta llegar al perchero, donde, de nuevo, todo quedó inundado de sangre.

De un salto bajó de la barra. Inesperadamente en la gramola comenzó a sonar Lou Reed y su Walk On The Wild Side, deleitándole los oídos.
Con su hipnotizante movimiento de caderas se acercó a por su vaso. Entre sonrisas, jugó con el palillo que quedó tras comerse las aceitunas de su bebida, e impetuosamente, tras el último trago, lo estampó en la gramola.
Sacó otro cigarro de su escote. Se lo encendió y salió lentamente por la puerta. Parada justo en el frontera entre la calle y lo que sería el infierno, impartió un golpe seco de muñeca que salpicó con sangre lo poco que pudiera quedar limpio.

Ya en el exterior, buscó su Ford Mustang negro del 67 con pequeños detalles en rojo, que la recordaban por qué se metió en todo eso. Satisfecha, con el maletero abierto, lanzó la katana al interior, y la cambió por un bidón repleto de inflamable y fascinante gasolina.

Volvió al antro de mala muerte, donde caló y empapó hasta el último rincón que le permitió su limitada cantidad de líquido.
Llegó a la puerta, se dio la vuelta y observando todo el caos que ella sola había creado con sus  manos,  sonrió, dio la última calada al adictivo pitillo y lo tiró al aire.

Continuando su camino con la satisfacción de un trabajo bien hecho, el desorden y la confusión ardían incesantes tras ella.

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